Enrique Chao Espina destacó en la biografía El pastor de Cariño, don Jesús Crecente Veiga, su infinita bondad y su sacrificada e insólita vida.
He aquí una de las poesías que Chao Espina le dedicó:
A TORRE DE CARIÑO
Ninguén veu torre igual ollando ó mar,
ergueita riba o Porto alta e valiente;
almuédano non ten nin veu de Oriente,
un alminar semella sin berrar.
Parece un faro de asas a voar
guiando ós mariñeiros frente a frente
é popa e campanario para a xente,
no cimo ten a Cristo ela é o altar.
Foi un abade bó quen bordou tanto
para a Vila que rube en escaleira,
espallada ante a Torre como un manto.
A Praia, o mar, os montes fan o seu canto,
e o Cristo prega ergueito ista maneira:
A Torre de Cariño a fixo un santo!
ORÍGENES DE LA PARROQUIA DE
SAN BARTOLOMÉ DE CARIÑO
Los primeros indicios de asentamientos de población en el ayuntamiento de Cariño son un puñal de antenas, un hacha votiva de bronce y un as romano, moneda de 2000 años de antigüedad. Estos objetos fueron encontrados en el puerto y en la playa de “A Basteira”. También en unas excavaciones cerca de la ermita de San Xiao do Trebo quedaron al descubierto unas ruinas de una villa romana del siglo III.
Es en el siglo XD, concretamente el 13 de enero del año 932 cuando aparece la primera referencia escrita sobre Santa María de la Piedra y Cariño.
En un pergamino que forma parte del Tombo de Celanova se cuenta que una benefactora de nombre Segesinda, también conocida como Sendina dona al obispo Rosendo una parte de la villa de Bulinio en Ortigueira. Esta villa pertenece a una feligresía que está bajo la advocación de la Virgen María “iuxta ecclesiae vocabulum Sancta María Semper virginis” y que se encuentra “per términos certos de rivulo Ortiguaria, usque in términos de carinio”.
En el siglo X este territorio pertenecía al arciprestado de Arrós en la diócesis de Iria. En el siglo XII pasaría a llamarse arciprestado de Ortigueira y dependería de la diócesis de Mondoñedo.
Santa María de la Piedra tiene una gran importancia estratégica. Hay que considerar que el Cabo Ortegal ya era conocido por los romanos con los nombres de Trileuco y Lapatiancorum y el puerto servía de abrigo para navegantes, así como para visitar los santuarios de san xiao do Trebo y el de san Andrés de Teixido.
Muestra de la importancia estratégica de esta zona es el hecho de que en el reinado de Alfonso VI, el conde Rodrigo Ovéquez pretende apoderarse de gran parte del territorio gallego. El rey acude a sofocar la rebelión y el conde se refugia en un castro fortificado de la parroquia de Santo Estevo de Sismundi.
Parece ser que existía un castillo llamado “do Casón” en la parroquia de San Adrían de Veiga y un pequeño fortín en el Monte de la Miranda; puntos de vigilancia costera del litoral gallego.
En el monasterio de San Juan de caaveiro hay un documento del siglo XII donde un hombre llamado Rodrigo Fernández Alfeirán hace donación de las propiedades que tiene en Ortigueira, en las que hay una porción de Santa María de la Piedra.
En el año 1261 aparece otra vez el nombre de Santa María de la Piedra en un documento de renuncia de diversos bienes en la jurisdicción de Cedeira en favor del abad Menendo y del Monasterio de Oseira. Entre los que hacen dicha renuncia se encuentra Pai Pérez, clérigo de Santa María de la Piedra.
Estos documentos son los primeros donde aparece el nombre de “La Piedra” debido a la imagen de piedra de la Virgen, sustituida por otra en el siglo XVI.
En el convento de Santo Domingo de Santa Marta hay un tommo donde se mencioan los molinos del río de la Ortigueira y el de Cima do río, donados por el caballero Pedro Galván en el año 1374.
En el siglo XV, la encomienda de Portomarín de la que dependía el priorato de Régoa y el santuario de San Andrés de Teixido, ejercía el control del territorio hasta llegar a san Xiao do Trebo y el lugar de Vacariza, muy próximos al puerto de Cariño.
Tal vez en aquella época los romanos que llegaban por mar empezaban su peregrinación en el puerto de Cariño donde existía la ermita de san Bartolomé, perteneciente a la feligresía de la Piedra. Desde allí subían hasta el lugar de Trebo, donde se veneraba a la imagen de san Xiao. Luego seguían hasta San Andrés de Teixido y acababan en Santiago de Compostela.
En el año 1479 una benefactora de nombre Constanza López dona a los dominicos de Ortigueira los lugares Muíño da Ortiguiera, Piñeiro en Figueiroa e campo de Monte. Estas propiedades así como la de Fontao, Vila e Cariño de Riba pasarían a la casa de Andrade en 1491.
La ermita de Nuestra Señora de la Piera estaba situada cerca de la iglesia parroquial. Se dice que apareció una imagen de la Virgen en el lugar de Cabaneiro. Esta ermita es la más antigua.
De la ermita de San Bartolomé se tiene constancia en el siglo XVI. Sabemos que era pequeña y rodeada de un muro de piedra y situada al lado de la playa, se celebraba misa y se administraban alguna vez sacramentos como el del matrimonio. En el siglo XX desaparece y su lugar lo ocupa el pósito de pescadores.
Durante los siglos XVI y XVII se formó en el puerto de Cariño un destacamento militar cuya misión era vigilar las costas. Estaba asentado en el castro, protegido por un amplio foso. A esta construcción defensiva se le llamaba “el Baluarte” ya en 1620 y estaba pegada a la “casa da vela”. Esto le daba a Cariño una notable importancia estratégica.
En el año 1670, mes de julio, el obispo de Mondoñedo D. Luis Tello de Olivares visitó la parroquia de la Piedra y en la relación de los bienes de la ermita de San Bartolomé situada al lado de la playa dice que tiene todos los ornamentos y cáliz y mantiene en dos corrales hasta ocho cabezas de ganado.
Hay en la parroquia de la Piedra y su puerto, 130 vecinos con viudas y pobres.
El día 12 de agosto de 1701 el ilmo Sr D. Manuel F. Navarrete Ladrón de Guevara, obispo de Mondoñedo, está de visita en la Piedra, parroquia que regenta el sacerdote D. Pablo Ramos de la Torre y el obispo hace una llamada de atención sobre el estado de la ermita de San Bartolomé. Dice el obispo que está decentemente compuesta, solo necesita un banzo de piedra de una cuarta de alto para que no entre el agua y que se haga un arroyo para echar el agua. También prohibió que se pida limosna para encender candelillas.
Vuelve el obispo en 1760 y manda que se lastre la ermita, que no está decente para el culto pues está deteriorada por usos para los que no estaba destinada; además el puerto es un lugar de desembarco de muchos marineros de todo el norte de España. Por otra parte no es fácil su custodia pues el cura vive en la casa rectoral, pegada al lado norte de la iglesia de la Piedra que está a más de un quilómetro del puerto.
Años más tarde, en 1782, el cura D. Domingo Antonio Félix Vidal nos dice que en toda la parroquia, Cariño incluido, hay 960 personas de comunión, sin los niños, con estos 1169. Hay una iglesia y dos capillas públicas: la de San Bartolomé en el puerto de Cariño y la de la Purísima Concepción que es del vínculo de la casa de la Cerca.
En el siglo XIX aumenta mucho la población, sobre todo en el Puerto de Cariño por la llegada de muchas familias de fuera. Ya en el siglo XVIII varios catalanes procedentes del sur de Galicia se habían establecido, como es el caso de Marsal que tenía negocios con el dueño de la casa de la Cerca en 1758. Más tarde llegaron los Muntaner y los Domenech que trajeron nuevos métodos para conservar y así poder vender fuera el pescado.
En el año 1831 el cura de la Piedra D. José Pérez Peñamaría se queja al obispo de Mondoñedo de que los armadores de las traineras no guardan los días festivos. En 1833 vuelve a quejarse de que la ermita de San Bartolomé ya se queda pequeña y además necesita ser reparada pues se producen muchos destrozos en sus instalaciones.
En el año 1836 se crea el ayuntamiento de Veiga al que pertenecen además de La Piedra y Cariño, las parroquias de Santiago de Mera, Feás, Landoi y Sismundi. Este concejo contaba con 3318 almas de las cuales 1170 pertenecían a La Piedra y al Puerto de Cariño. En 1842 varios vecinos de Vacariza y de Trebo dirigen una instancia a la Diputación Provincial de la Coruña solicitando su separación de la parroquia de Régoa a la que pertenecían desde muy antiguo. También querían independizarse de la Orden de San Juan de Jerusalén que los obligaba a asistir al culto en la iglesia de Santa María de Régoa de Cedeira, y al fin lo consiguieron.
Poco tiempo después este nuevo ayuntamiento desaparece y queda sólo el de Ortigueira.
En 1854 el puerto de Cariño sufrió una epidemia de cólera morbo que cada día mataba a cinco o seis vecinos, y el cura pide ayuda al obispo para que le envíe algún cura que le ayude en la administración de los sacramentos; sobre todo en la unción de los enfermos. Se quejaba también de la falta de médico estando solamente él para asistir a los enfermos.
En 1858 La Piedra contaba con 1642 habitantes. Treinta años más tarde, en 1888, había 2316 de los cuales 1237 vivían en el Puerto de Cariño. Este aumento de población del puerto ayudó a la creación de la nueva parroquia de San Bartolomé de Cariño.
El 1 de abril del año 1895 en el Boletín Eclesiástico del obispado de Mondoñedo se publica la creación de la parroquia de San Bartolomé de Cariño.
En este boletín consta el censo y la parroquia de Santa maría de la Piedra queda con 217 vecinos y un total de 1115 almas. San
Bartolomé de Cariño consta de 291 vecinos, es decir 1166 almas. El puerto de Cariño había experimentado un notable aumento de población debido a la pesca y a las industrias conserveras.
Se construye la nueva iglesia en Cariño y el cementerio, casas de una y dos alturas, fábricas y fabriquíns donde se preparan conservas de pescado, escabeches y salazones. Propiedad de familias como los Domenech, Muntaner, Abella o D. Fermín Zelada.
La vieja ermita de San Bartolomé desaparece cuando el cura D. Jesús Crecente junto con los vecinos edificaron la iglesia actual. La imagen de San Bartolomé, apóstol que fue despellejado en Asia, sale en procesión cada 24 de agosto acompañado de una danza llamada Danza de Arcos.
La organización y desenvolvimiento de esta danza gremial corría a cargo
de las cofradías de San Miguel que tenía su altar en la iglesia de la Piedra; y se parece mucho esta danza a la celebrada en otros puertos y villas de Galicia, como la de Betanzos. Los arcos se hacían de las vergas de los cestos o “paxes”.
La Piedra y Cariño, a lo largo del siglo XX, se constituyeron en dos núcleos fuertes de población, sobre todo Cariño.
Lucharon por crear un nuevo ayuntamiento y en 1988 se segregaron de Ortigueira formándose el “concello de Cariño”, junto con las parroquias de A Pedra, Santiago de Landoi, San Pedro de Feás, San Estevo de Sismundi.
La casa consistorial está situada en el Puerto de Cariño a poca distancia del lugar que ocupara la ermita de San Bartolomé.
Texto resumido: extraído de los “Apuntamentos históricos sobre a parroquia de Santa María da Pera pertenecente antigo arciprestado de Arros”
Autor: X. Carlos Breixo Rodríguez
ORTEGANOS DE ADOPCIÓN
JESÚS CRECENTE VEIGA, UN SACERDOTE CON VIDA DE SANTO
Jesús Crecente nació en la parroquia de san Pedro en el ayuntamiento de Castro de Rei (Lugo), el día de Todos los Santos de 1862. Era hijo de Andrés Crecente da Uz, natural de san Paio de Bexán y de Josefa Veiga Uz de Coea. Recibió tres días después su bautismo en la capilla parroquial de la feligresía de san Salvador de Coea. Era el segundo de tres hermanos: Antonio, el mayor, que había nacido el 8 de julio de 1860, y que trabajará de pertiguero de la catedral de Mondoñedo, y Tomás, el menor, que lo haría el 7 de marzo de 1866, y como Jesús, se encomendará al sacerdocio en san Xiao de Mourence (Vilalba).
Su familia era muy humilde, y al fallecer su padre, cuando él sólo tenía seis años, los tres hermanos huérfanos quedaron a cargo de su madre, lo cual todavía aumentó aún más sus dificultades. Así las cosas, las penurias de la familia Crecente Veiga todavía no habían alcanzado sus máximas cotas.
Esto ocurriría ocho años después de la muerte del cabeza de familia, al morirles su madre. La responsabilidad de la tutela de los hermanos recayó entonces en su primo Domingo Crecente, pero al no poder encargarse de todos ellos, tuvieron que ser separados y repartidos entre sus parientes más allegados, a la espera del momento en que pudiesen ser empleados de criados al servicio de alguna casa.
Jesús acabó en una granja, con un amo que lo dedicaba a las labores de pastoreo de su ganado y a otros trabajos domésticos que casi no le dejaban tiempo para dedicarse a sus estudios. En cierta ocasión, se marchó andando desde Castro de Rei a Mondoñedo, donde vivía uno de sus parientes, Antonio Blanco Crecente, campanero de profesión. Al llegar a la ciudad episcopal, y antes de encontrarse con él, acudió al Santuario de Nuestra Señora de los Remedios, ante cuya imagen permaneció un buen rato de rodillas rezando entre sollozos. Una señora que lo vió, se quedó sorprendida por su devoción y sus gemidos; se le acercó y le preguntó por la causa de su tristeza. Su confesión debió de impresionarla bastante porque le pidió que la acompañase a su casa. Tras conocer que el chico se dirigía a visitar a Antonio Blanco, se puso en contacto con éste a fin de pedirle permiso para acoger al niño.
Nunca se llegó a saber el nombre de la mujer, pero lo que sí se sabe es que, gracias a ella, Jesús empezó a trabajar de mozo en la farmacia de Alejandro Ferreiro Soibán. Jesús era aplicado y abrigaba unos enormes deseos de estudiar, por lo que al desaparecer las premuras de tiempo que tenía en su anterior trabajo, pudo empezar a distribuirlo entre su nueva actividad laboral y sus estudios, y aún le quedó algún tiempo para impartirle clases a su hermano menor, Tomás, que se encontraba sirviendo en el Colegio de Ceballos.
Al cumplir los dieciocho años, Jesús comenzó sus estudios eclesiásticos con tanta diligencia, que en tan sólo dos años finalizó los cuatro cursos de Latín, y, según su certificación académica, durante los cursos del 1882/83 al 1892/93 prosiguió los estudios como alumno externo del Seminario de Mondoñedo -algo no demasiado común entre los seminaristas. Durante ese ciclo, consiguió concluir los tres años de la carrera de Filosofía y los ocho de Teología, y siempre con la máxima calificación, meritísimos, salvo en el sexto curso de Teología en que obtuvo la también loable de beneméritus.
Su ejemplaridad como alumno y persona le brindó las simpatías del entonces obispo mindoniense José María Cos y Macho, que le invitó a que le acompañase a su nuevo destino en la Archidiócesis de La Habana. Jesús Crecente no accedió a esta petición debido a que había asumido la responsabilidad de su hermano para que terminase su carrera sacerdotal.
La ordenación de Jesús se celebró el día 21 de mayo de 1890; contaba entonces 28 años. Pero esto no era para él ningún final de trayecto, sino tan sólo un paso más en su vida, por lo que, como vimos antes, continuó sus estudiando Teología, además de ejercer, desde abril de 1891, de coadjutor de san Pedro de Mor, en Ferreira do Valadouro (Lugo). Y como era un hombre con unas grandes capacidades para el trabajo, también le destinaron a ser preceptor en la parroquia de Ferreira, donde, como tal, debía enseñar a los chicos algo para lo que él poseía muy buenas aptitudes y era un consumado especialista: latín.
Su siguiente destino le llevará, en 1892, a ser el párroco de Santiago de Baroncelle y de san Pedro de Aldixe. Siempre con los libros y los apuntes delante, en esta etapa y con estos nuevos cometidos, se afanó en preparar las oposiciones a beneficiado de la catedral de Mondoñedo. Consiguió el cargo y, por tanto, pudo obtener algunas rentas con las afrontar los gastos de las obras que había emprendido. Los diez años que paso en las dos feligresías, los ocupó en formar a los jóvenes en el latín y las humanidades con miras a que pudiesen acceder al seminario de Mondoñedo, y en ejecutar otras obras con un carácter más material. Primero, levantó la casa rectoral de Baroncelle, tras adquirir el solar, y después construyó su iglesia y, aun así le quedó tiempo para edificar la actual iglesia parroquial de Aldixe, a la que no pudo ver terminada a causa de haber sido trasladado a Cariño antes de que se le alzase la espadaña. Esto ocurrió en 1900, tras hacer participado en el concurso general de curatos, en donde consiguió una de las calificaciones más altas, lo que le permitía acudir a ese nuevo y último destino.
Como le había ocurrido hasta entonces, además de desarrollar su labor pastoral en Cariño, tuvo que hacerse cargo de la jefatura del arciprestazgo de Ortigueira. Pero su energía y vitalidad aún le permitieron enlazar estas tareas eclesiásticas con la realización de algunas obras físicas. Así, acometerá la construcción del gran monumento al Sagrado Corazón de Jesús, de la iglesia parroquial, de la escuela del Pósito (la cual será conveertida convertida durante la guerra en comedor del Auxilio Social y, después, del Instituto Social de la Marina, además de en Teleclub ya ne los años sesenta) o de la casa rectoral, vendida tras su fallecimiento para costear la construcción de la actual.
Hasta que él erigió la iglesia, los actos litúrgicos se celebraban en la sede del pósito de pescadores. Las obras del nuevo templo se iniciaron en 1907 y pudo ser abierto al culto tras ser consagrado en 1923. Sus piedras fueron extraídas del peiral del pósito, también llamado El mallorquín, y el retablo del altar fue hecho en la carpintería de Román, en Ortigueira. La iglesia consta de una alta cúpula central con cuatro ventanales a lo largo y ancho de la misma. Su torre se alza hasta los 25 metros de altura con huecos para sus dos campanas de más de 600 kilos. Al primer tramo del campanario le sigue otro con las mismas características y con otras dos campanas más pequeñas, y, como no, un pararrayos que desde entonces ha librado al pueblo de los peligros de las inclemencias eléctricas de las tormentas. De Ortigueira también le llegó al cura la balaustrada de mármol blanco ante la que comulgan los feligreses, en este caso, por donación de sus amigos indianos de la familia de los Adolfos.
De todos modos, lo que más relevancia le va a dar entre sus vecinos al viejo curiña de Cariño, como le llamaban sus parroquianos, será el haber vivido ante ellos una vida tremendamente austera pero llena de detalles grandiosos que despertaban la admiración de todos. A modo de ejemplo, se puede nombrar el hecho de que a los setenta años inició sus estudios de bachillerato para hacerse oficialmente maestro de escuela, como le exigían las normas educativas de la II República, pues, de otro modo, le estaría vetada la enseñanza. Aunque su decisión fue firme, su visión cada vez más deteriorada, y el traslado de su capellán, Enrique Chao Espina, a Loiba, le impidieron concluir su reto.
Las carencias alimenticias que había pasado Jesús Crecente en los primeros años de su vida quizás fueron determinantes para un crecimiento corporal normal, dejando que su talla fuese un inconveniente para poder ingresar en el servicio militar, pero, por contra, contaba con una salud de hierro y una constitución física fuerte, que le convirtieron en un incansable caminante. En su vida rigurosa, casi ascética, entraban hechos que para el resto de los mortales serían inalcanzables como recorrer los 117 kilómetros de distancia entre Mondoñedo y Cariño a pie, y muchas veces de noche. Algo que era habitual para él ya que nunca utilizó otro medio de locomoción que no fuesen sus propias piernas, por lo que en unos lugares le conocían por el nombre de el andarín y en otros por la bicicleta.
A pesar de los años que han transcurrido desde su fallecimiento, los cariñeses siguen reordando muchas de sus curiosas anécdotas. Unas llevan un sello triste y otras parecen sobrenaturales; sin embargo, su conjunto ha hecho que su vida haya llegado a ser valorada en varias ocasiones por algunas autoridades eclesiásticas, como fue el caso del obispo de Mondoñedo Mariano Vega Mestres, como digna de ser beatificada.
El final del recorrido vital de Jesús ocurrió durante el invierno, tras caer en un pequeño cauce de un río debido a su más que precaria visión. La hipotermia que le sobrevino le produjo una pulmonía, a consecuencia de la que falleció en la madrugada del día 27 de febrero de 1934. Sus restos mortales fueron enterrados en una fosa de tierra del cementerio de Cariño, como él pidió: “en donde todo el mundo pise.
A su sepelio asistieron veinticuatro sacerdotes y la mayor parte de los vecinos de la zona. Diez años después, sus cenizas fueron trasladadas al templo parroquial para su reposo definitivo bajo la cúpula del templo y ante el retablo mayor, a propuesta de Ángel Chao Ledo. La lápida que lo cubre, le recuerda por su nombre y apellidos, su fecha de fallecimiento y su cargo eclesiástico de párroco de Cariño. No es ésta la única inscripción en la que aparece su nombre, pues el pueblo de Cariño pidió al ayuntamiento que le asignase la llamada calle de San José, que se inicia en la Plaza de la Pulida y termina en el Campo, pasando por delante de su iglesia.
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